mayo 07, 2016

Los que quedamos


Los que quedamos.

Éramos los que jugaban hasta la huida del sol sobre el concreto.
Hasta quedar sin voz y sin aliento.

El día de tu partida

Guardamos en el centro de cada estrella tus recuerdos, 
Para que su brillo dure más en el firmamento.

Ahora

Llevamos tus distancias de la mano a dar un paseo.
Cantamos cuando caminamos contra el viento.

Compartimos la tristeza de tu partida
Y esperamos tu abrazo de bienvenida.

Al otro lado de la orilla

foto: minutoya.com



febrero 18, 2016

Febrero 2016



Tengo al amor encerrado en los recuerdos,
de los paseos por la orilla del mar.

Llevo en mis brazos más despedidas que cualquiera,
y el sentimiento del peso de tu mano al caminar.

Tengo en las mejillas el frío del viento
que me trae el recuerdo de tu suavidad.

Llevo tatuada la culpa, en mi espalda labrada en piedra,
de lo que hice bien y lo que hice mal.

Y tengo en la memoria, como dije en su momento,
más abrazos de despedida de los que me gustaría contar.




foto tomada sin permiso de Adriana Moracci
http://adrianamoracci.blogspot.pe/p/serie-de-los-abrazos.html


enero 19, 2016

Enero 2016




Completa las canciones de mi guitarra,
escribe con tu corazón mis palabras,
abre mis ojos con tu aroma, a retama,
se aún mi razón para despertar en las mañanas.

Ríete de mi forma de caminar,
ciérrame los ojos y miénteme para volar,
quédate conmigo cuando el sol se va,
juzga de locura mi forma de amar.            (te)







(foto de Fernando Allen agregada sin permiso)

octubre 21, 2015

Recordando a Eliana

(Cuento de un recuerdo escrito sin permiso del recordador) en construccion


Hace unos días leí en un blog que uno no puede regresar a las personas como se regresa a los libros para retomar una lectura pendiente. Eso me hizo pensar en Eliana. No recuerdo bien cómo empezó mi historia con ella. Quiero decir que no recuerdo cómo nos hicimos amigos. Supongo que, aparte de asistir a la misma escuela fue porque vivíamos a dos casas de distancia.  y, a pesar de que nadie sepa donde este ahora, cada vez que alguien habla de The Kooks o de las diabéticas películas de Jessica Gardner, su recuerdo se asoma en segundo plano.

the kooks, vevo
Ella era un par de años mayor que yo pero lo que la nostalgia me trae de Eliana es su media cabellera cubierta por esa pañoleta floreada, su aroma a retama, la vez que me enseñó a fumar en los columpios del parque del barrio y la tensión de verla jugar básquet, y aterrarme con la alusinacion de que se desarmaría en cualquier momento. Recuerdo, también, una vez estar en su dormitorio escuchando Naive mientras se paraba de manos encima de su cama pensando que inventaba una postura nueva de yoga. Y, también, la absurda tarde en la que Ethan Hawke nos pareció el más estúpido del mundo en esa película en la que se reencuentra con una ex luego de algunos años.

A decir verdad, ahora que lo pienso se veían en cierto modo como los pajaritos del cuento de Alejandro Neyra encerrados en una jaula  de alambres con púas.

Por mi parte, después de los 11 años que uno pasa encerrado en esa jaula, gané una beca para estudiar en otro país. Antes de irme nos reunimos para celebrar el fin de una era, el cumple de Paco, mi despedida, la extorsión al profe de física para aprobar el curso y el campeonato de básquet. Después de algunos tragos y unos giros, Eliana y yo terminamos regresando a casa en el asiento trasero del auto de mi hermano cantando kisser de Step Rockets. Mientras el aire azotaba mi rostro ella tomó mi cara con una mano y me besó, luego dijo que me extrañaría.


No hablamos de lo que pasó, ni al día siguiente, ni el día después de ese, ni tampoco cuando todos me despedían en el aeropuerto. Tampoco me atreví a pensar en lo que habría ocurrido si yo me hubiese quedado, o si si hubiésemos hablado de de eso. No pensé en eso incluso en el momento que mi mamá besaba mi frente cuando regresé después de 6 años. Después de todo, creo que nunca se lo pregunté porque jamás podría llegar a entender su "te extraño" o su "te quiero". Aunque no le importó la manera en la que yo la extrañaría. 



septiembre 28, 2015

¿Qué quieres ser de grande?

(Cuento escrito de un recuerdo colectivo)


A los 16 años todos me preguntaban qué quería ser cuando salga del colegio, qué carrera iba a estudiar o a qué universidad iría. En realidad, nunca llegué a entender porqué a todos les importaba eso, en quién o en qué iba a convertirme en el futuro. Cuando me refiero a todos hablo de mis padres; Rebeca, quien decía ser mi enamorada; Alicia, la chica que a mí me gustaba; Jorge mi hermano y al otro Jorge mi mejor amigo. Ellos eran todos.

Como me gustaba la música me afané por dármelas de DJ en algunas fiestas de la gente del colegio, pero me duró un par de meses.  Mi viejo se encargaba de bajarme de la nube en la que me montaba cada vez que me tendía sobre la alfombra de mi cuarto haciendo globos de saliva y escuchaba a los Millions, Step Rockets y Rebelution. Mi papá creía que la música era para fumones y que los hippies fracasaron en su intento de conquistar el mundo. Además sin una profesión respetable no podría mantener una familia, pagar un seguro de salud ni tendría donde morir. Un día, decidí pensar en lo que me decían, mientras veía un capítulo de los Simpsons en el que Ralph atraviesa de cabeza la ventana de la sala de la casa de Bart, pero no se me ocurrió nada, ni un carajo.



Me veía tan idiota como los europeos del siglo XV que vivieron en un planeta plano. También me di cuenta que lo que venden sobre la globalización es una grosera mentira, tan grosera como que todos los humanos son iguales. Para Jorge mi mejor amigo, en cambio las cosas eran más transparentes. Él siempre quiso ser piloto. De vez en cuando se motivaba haciendo avioncitos de papel para disminuir el peso de los cuadernos en blanco que llevaba a clases. Cuando todos volvían a tocar el tema de mi futuro yo salía con payasadas de ser skater pro, pataclaun o ginecólogo ad honoren. Recuerdo que comenté la idea de convertirme en abogado y me cayó la sandalia de mi mamá en toda la espalda.

Lo único que sí tenía claro era quién no quería ser. No quería ser el empleado que corre sudoroso detrás del micro, ahorcado por su propia corbata como los perros en los parques. No quería tener hemorroides por estar sentado 12 horas frente a una PC. No quería ser el padre que miente al prometer el viaje a Orlando para tomarse la fotos con Mickey. Pero tampoco quería tener una banda de rock, ni consumir drogas todo el día o tener 10 procesos judiciales de paternidad no reconocida. Mucho menos quería ser un líder fundamentalista, un dealer, jugador de fútbol profesional, ni vivir al margen de la ley.

Me sentía igual que el Pinocho metálico de la película Inteligencia Artificial. Sumergido en ese océano negro que cubría la faz de una civilización destruida. Solo que a diferencia de la película, al final de mi viaje no encontré a ninguna hada madrina. Lo que me saco a flote, intempestivamente, fue la muerte absurda de Jorge, mi mejor amigo. De la forma más usual nos despedimos una noche y al día siguiente dejó de estar. Después del funeral, al que no fui, y del entierro, en el que estuve ausente, empecé a creer que Jorge debía estar por ahí entre las nubes jodiendo a todos mientras piloteaba un enorme avión Glider. Después de que se fue, supe quién quería ser. Quería ser quien está para todos, para todos menos uno.  


Foto difusión avioncitos de papel



septiembre 16, 2015

Cero en conducta


(Cuento de un recuerdo ebrio de rabia juvenil)

En mi salón, la supervivencia dependía no sólo de quien había evolucionado primero y con mayor rapidez el pulgar y los índices opuestos para jugar PS, Xbox, Nintendo 64 o Arcade. Sino también de que pudieras sobrevivir a los traumas de la niñez y te convirtieras en un adolescente mutante y volátil, lleno de testosterona, o que por lo menos puedas justificar el aire que respirabas con alguna habilidad digna de ser caricaturizada. Así, la clase estaba llena de raras personalidades y paradigmas desadaptados al sistema. Algunos de ellos eran El Zurdo, alero de la selección de básquet; Charly, que fue elegido brigadier por su maestría en contrabandear cigarros; Chupete, que  organizaba las incursiones nocturnas a las fiestas de las chicas del colegio de monjas, entre otros más por ahí.

Pero quien llamaba la atención, no sólo por ser casi albino era "El Leche". Explicar porque le decían Leche seria perder el tiempo. Recuerdo que en una película, alguien dijo: “Hay hombres que solo quieren ver arder el mundo.” Creo que esa sería la forma más precisa de describirlo. Se llamaba Erick, pero nadie lo llamaba así desde que regreso después de un verano arrastrando rumores de que iba a ser papá. Entre sus actos más memorables están el robo del examen de geometría, la destrucción de los bombos de la banda del colegio para evitar el desfile por el día de la patria y la fuga del retiro pastoral hacia el billar y posterior borrachera en un night club. Todos estos crímenes fueron censurados sin existo por padres y profesores con solemnes castigos individuales y colectivos. 


foto postal

De todos estos, el hecho delictivo que lo convirtió en leyenda y nos volvió liminales fue el motín en el salón del colegio a fin de año. Los de último años buscaron venganza por la humillante derrota en el campeonato interno tras un penal que le marcaron al Leche, tan polémico como los penales de Robben y que yo me encargue de transformar en gol. En medio del frenesí de la celebración el Leche se bajó el short delante de todos los de último año. 


Esa tarde, el frío se iba alejando y la luz naranja que entraba por las ventanas fue quebrada por el sonido del primer vidrio roto. Los más grandes tomaron el salón por asalto y raptaron a algunos compañeros, pero su objetivo principal era dar con el Leche. No se nos ocurrió mejor idea que tapiar las puertas del salón con las carpetas y las ventanas con mochilas, mientras él gritaba y se desvestía subido en el pupitre que había aparecido en medio del salón. Soportamos el asedio de escupitajos, papeles incendiarios y nos mantuvimos firmes en la batalla de correazos que se dio en la puerta del salón. Luego de 25 minutos sangrientos, totalmente extenuados, y amenazados por los profesores se dio fin a la guerra. El primero en salir fue el Leche, en calzoncillos y con la camisa amarrada en la cabeza; lo seguimos todos dejando atrás la mitad de la pizarra descolgado, mil vidrios rotos y un desastre post apocalíptico.


Esa tarde, el Leche deslumbró con su liderazgo reprimido. Fue la viva esencia de una agónica juventud, de una falsa libertad, de una estúpida intrepidez y de una irracional rebeldía que nos condujo a reprobar en conducta. A esto,  se le sumó una carta con orden de matrícula condicionada para el siguiente año académico y la cara de desconcierto de mi padre al verla y al enterarse de lo que había sucedido. 

Al año siguiente nadie sabía nada Erick. Algunos decían haberlo visto en otro colegio, otros decían que se había mudado de ciudad, pero lo que en verdad pasó fue que nadie lo buscó, ni siquiera yo. Sin darnos cuenta, el hizo mucho por nosotros. Yo me convertí en goleador del campeonato, Filo fue el primero en dejar de ser casto con una chica a la que Leche había emborrachado en una fiesta, Humberto heredó sus casetes de Pedro Suarez Vertis y sé que alguien cambió su orientación sexual después que él le quitara la novia. Tácitamente convenimos en no buscarlo, tal vez así convertimos su nombre en leyenda.